A finales del siglo XIX y principios del XX México buscaba su propia forma de expresión y trataba de distinguirse de las demás naciones, ahora como un país independiente y con una cultura reformada.

En ésas épocas uno de los géneros que estaba más de moda fué el tango, el cual es  actualmente considerado como sensual, romántico y provocador entre mujeres y hombres, como una especie de cortejo, aunque no fué así como comenzó.

En repetidas ocasiones al año, se organizaban bailes en diferentes casas de personas adineradas de la Ciudad de México, claro, no éramos tanta gente y muchos se conocían entre sí, las mujeres no tenían derecho de preguntar a dónde se dirigían sus maridos los fines de semana por las noches, a algunas les llenaba de rabia el pensar que estaban con sus capillitas y a otras ni les importaba. En los burdeles y casas que sostenían este tipo de bailes se respiraba un ambiente de locura y sensualidad; exótico,lúgubre, y muy sintético… chichis de plastico, caretas de muñeca, pelucas extravagantes y tenían un detalle: todos los participantes eran del mismo sexo, bailes entre “machitos” Hombres con largos vestidos elegantes, alhajas, maquillaje y zapatos inhundaban el lugar de felicidad y gozo, mientras sus acompañantes, vestidos elegantemente con sus trajes caros, movían sus caderas al compás del tango y la polka, conocidos ahora como un subgénero llamado “queer”.

…tenían un  detalle: todos los participantes eran del mismo sexo.”

Así continuaron, puros hombres de alta sociedad que no dejaban dormir por tener un volumen alto, tanto que la noche del 18 de noviembre de 1901, uno de aquellos fandangos pasó a la historia nacional: fue el “Baile de los 41”, en donde el yerno de Porfirio Díaz, Ignacio de la Torre y Mier fue capturado junto con otros hombres que bailaban ahogados en alcohol vestidos de mujer. En el reporte oficial de  la policía local quedó asentado que los participantes de dicho baile se encontraban haciendo “actos indebidos” (el equivalente contemporáneo del “faltas a la moral”). La noticia decía algo así:

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Incluso entre las batallas que se vivían en la revolución, hombres y mujeres se reunían a practicar el redowa y la polka con propósitos variados, desde sorprender a sus vecinos con sus últimos pasos hasta para reflejar su cultura y mejorar sus relaciones sociales. Los bailes de cualquier nación siempre han sido distintivos y apoyan a la idiosincrasia de la sociedad, reflejan sus tradiciones y qué tan bien se pueden organizar.

Personajes como Antonio López de Santa Anna, quien fuera uno de los mejores bailarines del siglo XX y Benito Juárez creían firmemente que los negocios debían tratarse bailando y, por supuesto, eran muy buenos haciéndolo, La mayoría de estos eran organizados en el Palacio Nacional para poner en claro los intereses políticos y económicos deseados, mientras disfrutaban de una botella de Tequila y un buen fondo musical, adecuado a la ocasión y al momento que se tenía que escuchar, por ejemplo, si necesitaban hacer a los invitados felices y/o cambiar de tema, un poco de polka serviría mucho porque tiene sonidos vivos y nuevos como el del acordeón.

En la actualidad, ya no existen bailes de la “high” o alta sociedad para hacer negocios ni socializar con las demás naciones, pero la homosexualidad nunca se va a terminar, los hay entre políticos, periodistas, comediantes, profesores, alumnos y hasta debajo de las piedras; el problema aquí es preguntarnos ¿Qué tanto nos afecta? Tenemos que dejar nuestros estereotipos irse para adoptar las nuevas (y ni tan nuevas) costumbres de nuestra cultura, como país, como individuales sin importar su orientación sexual o el género musical de su preferencia.