El segundo día del Izcalli Fest dio comienzo desde temprano. Nuestra llegada fue al medio día. Los puestos afuera del estadio eran menos que la noche anterior y la tranquilidad reinaba . Pasar por la revisión de seguridad por primera vez era un reto que debíamos correr y no porque escondiéramos algo en nuestros bolsillos sino porque ver a seis policías mujeres y mi experiencia de hace un año ya me hacían sentir incómoda incluso antes de entrar y esto no estaba lejos de realidad. Después de que mis mochilas pasaron ignoradas y yo tuve que ser revisada tres veces por mujeres que habían visto cada una como la otra me revisaba y aun así decidían que tenían que hacerlo otra vez, logramos entrar.

Había un chingo de lodo por todos lados como prueba de que el desmadre se había puesto bien loco un día antes, los que habían decidió acampar la noche anterior comenzaban a salir de sus cuevas y se les veía agotados, con hambre y crudos, pero con las ganas de seguir, pues este día prometía mucho más que el anterior.

El lodasal que parecía que te iba a comer como si fueran arenas movedizas no dejaba que la gente se acercara mucho al escenario, pocos eran los valientes a los que no les importaba ensuciarse y claro, una vez mugroso ya nada podía preocuparte, pero ese es el sentido de los festivales, enfrentarse a la lluvia, frío, hambre, tierra, gente pesada, toqueteos de “seguridad” y quedar sin varo con tal de ver a un montón de weyes haciendo música, personas que se han dado buenas chingas para que su música tenga una oportunidad dentro de este competitivo mundo; y es que tenemos que aceptarlo, ahora todos “somos “músicos.

Cuando llegamos los chicos de Brújula ya estaban a medio toquín, pero las dos rolas y media que alcance a escuchar fueron suficientes para ponerlos en mi lista de bandas a seguir y debo decir que merecían un mejor horario. La primer banda que me llamo la atención fue Tralalí Lalá, algo que al principio no podía ni pronunciar, supongo que ese nombre un poco complicado se debe a que la banda está compuesta de personajes tan diferentes entre sí, todos con personalidades que llaman mucho la atención, sobre todo la vocalista que en cada canción parece adoptar una personalidad diferente, su voz cambia y nos enseña que sabe lo que hace pues parece que tenemos a dos o tres personas diferentes cantando.

Como el festival es familiar podían verse algunas parejas con sus hijos, pero la mayoría siempre se quedaban hasta atrás por seguridad. No faltó la señora a la que no le importó enlodar a sus hijos al ritmo de ska y ganarse algún disco o playera por su entusiasmo; tampoco falto el pobre niño que volara por aires. En el festival contamos con la presencia de la abuelita orgullosa de ver a su nieto sobre el escenario, y aunque todas las asistentes le gritaban, él se limitaba a coquetear solo un poco, en esta ocasión la única merecedora de sus besos fue la abuela. Estos personajes me hacen el día, demuestran que lo importante es pasarla bien y divertise.

Después llegaron las dos bandas que hicieron gritar a todas las presentes, primero Los Impacientes tomaron el escenario, hicieron que a unas cuantas chicas no les importará enlodarse y se acercaron un poco más que el resto para que los chicos pudieran ver la única lona de apoyo que vi ese día. Debo decir que en sus miradas se veía que ellas sueñan a diario con ellos. Después llegaron unas guitarras más distorsionadas con Jamaican Ducks y aunque parecía que por fin todos se iban a animar a acercarse sin importar que estaba todo fangoso, los encargados del festival decidieron que era buen momento de cubrir todo ese desastre con grava y tuvimos que conformarnos con quedarnos atrás mientras trabajaban en ese escenario.

En el otro escenario todo seguía igual y ensuciarse aún seguía siendo una opción que cada uno tomaba, sin embargo un hombre ya entrado en años (con una voz que suena conocida pero que en realidad no has escuchado nunca) acompañado de una banda que incluía a una señora bajista que le ponía más feeling que muchos que he visto, así los de Tinakal hicieron que se armara el desmadre al ritmo de ska.

La gente se movía de un escenario a otro, algunos escépticos se quedaban a apartar su lugar hasta que se daban cuenta que la banda del otro escenario merecía una oportunidad. El intercambio entre escenarios por momento fue descontrolado, primero córrele para allá que los de Zenzor están regalando un montón de discos y ahora córrele para allá que ya llegaron los de Burton a presentar su segundo disco.

Desafortunadamente no todo es bueno y aunque no me gusta mucho hablar de algo cuando no voy a decir nada bueno, esto me pareció algo memorable, cuando el ambiente del festival ya estaba resplandeciendo llego una banda que desde que escuchamos su nombre (el cual ni recuerdo pero sé que era una canción de Nirvana) supimos que su nivel de inglés era algo cuestionable, fue ahí donde la gente optó por retirarse a seguir bebiendo o a comer algo.

Tomar fotos se complicó demasiado, nuestro pase de prensa nunca fue válido porque el encargado no estaba, que sólo podían pasar los de pulsera de tal o cual color, que necesitas un gafete que nunca te dieron, la gente ya no te dejaba colarte, la lluvia no te dejaba sacar la cámara y lo único que nos quedo fue disfrutar y mandar los problemas a su casa mientras escuchábamos a Los Chapulines y a su vocalista  que arranco suspiros desde que apareció y se escuchaban mas gritos de los hombres que su voz por lo que tuvieron que hacer una pausa para revisar el micrófono.

El ambiente estaba a punto de venirse abajo hasta que apareció Poncho de Los Daniels a recordarnos que aún podíamos esperar cosas buenas. El “Ehhhhhh ¡Puto!” al fin se hizo presente por los problemas técnicos y los chicos se echaron varios tacos de ojo con las mujeres, que este año fueron más constantes en el escenario y algunas, como Zaira Jabnell, se dejaban querer por el público y de vez en cuando mandaban besos a los que más fuerte gritaban. Pocho toco a lado de esta chica y ahora que escuche su disco pienso que vale la pena verla y que en vivo suena mejor.

A Partir de este momento la mitad de los asistentes permanecían en el escenario principal esperando la llegada de las últimas 5 bandas. La hora del girlpower cerró con broche de oro gracias a Candy (no se dejen engañar por el nombre, la banda solo incluye a una chica) y Las Wuanderbra, unas morras que si rockean como Dios manda (el dios que sea) y ya sólo nos quedaba aventarnos las 4 horas más prendidas de la noche, la lluvia ya nos había intentado correr pero sólo los valientes aguantaron y sólo los que llevaban a sus hijos decidieron abandonar el lugar.

Como si de unos XV años o bautizo se tratará, llego el momento de ver a los padrinos de la primera edición del Izcalli Fest, Los Daniels, quienes incluso se tomaron el detalle de tirarse un discurso sobre la tolerancia y el respeto que hizo llorar a sus más fieles admiradores.

Con tanta lluvia era momento de “Chichis pa la banda” y el público lo sabía, gritaban una y otra vez por si alguna chica se animaba. Lost Acapulco salió a surfear un rato con todo el punch rockero que se cargan esos vatos, la gente pedía que regresarán y no nos fallaron.

El cansancio se apoderó de mi pero no del resto de la gente que seguía gritando, bailando y tomando. Decidí que era momento de irme junto con mi sonrisa, los recuerdos, el dolor de espalda y solo deje que el desmadre continuara.