C.Izcalli, Edo. de México. – En las últimas semanas las calles se encuentran en estado de humedad perpetuo, al llegar al lugar no esperé otra cosa que no fuera caos. Las calles aledañas a donde se llevaría acabo el evento se desbordaban de carros estacionados a su alrededor. Algunos vehículos avanzaban en círculos recorriendo las avenidas a toda velocidad, con luces que iluminaban las gotas de lluvia que caían con furia, avanzaban entre el desmadre con la esperanza de llegar a tiempo para escuchar desde el principio a Zoé -entre ellos, estábamos nosotros-.

La grúa siempre estuvo al acecho, lista para llevarse a los faltosos que osaran estacionarse mal para así, poder hacerse de una lanita a la malagueña. El estacionamiento del Estadio Hugo Sánchez y sus alrededores se inundaron de coches, incluso fue un problema encontrar un espacio para mi carro en forma de huevecillo.

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Una vez en el acceso principal (en realidad solo había uno) el poder entrar como prensa fue todo una hazaña pero, al final de cuentas -como siempre- nos logramos colar.

Ya había empezado cuando ingresamos, los gritos de todos los izcallienses me pusieron la piel de gallina, más chinita que los ojos de Steve Aoki. Gritando al ritmo de “Dos mil trece”, la multitud estaba extasiada y no bajaban el ritmo. ¿El sonido? Era increíble, me remonto a la presentación que tuvieron en el Vive de este año. Al llegar al pasto mojado, donde el lodo lo manchó todo, apunté con mi cámara. Me percaté de que mi vista era nublada por espectadores que iban acompañados de una cerveza amiga, y un impermeable barato que adquirieron en la entrada. Cantaban a todo pulmón la canción del año pasado y derrochaban alegría, mientras, para nosotros era difícil armar una buena toma. La gente ahí abajo alabó a Zoé, en cada silencio o cada que tuvo oportunidad se dejaban ir como gordas en tobogán con una porrita que decía más o menos así: “Oe, oe, oe, oe… Zoé, Zoé”

Después de hacer nuestro más preciado esfuerzo de tener buen material, la lluvia empezó a arreciar, subimos a las gradas del estadio y nos percatamos de que la gente ahí arriba no se veía tan emocionada como la de abajo, tal vez fue porque los del pastito tenía un acceso más rápido a las chelas, sí, seguramente fue eso. Me fui a aplastar con unos amigos que me encontré, mientras enfocaba desde otro ángulo, cotorreaba y cantaba “Luna” en su nueva versión que no acaba de convencerme, pero se sintió padre volver a recordar su presentación de los XV años del Vive Latino, así sonó “Luna” aquel 30 de Marzo en el Foro Sol, igual que esta vez.

Llegó el momento de escuchar “Labios Rotos” y el escenario lució de una manera romantiquísima, luces rojas que nos iluminaban la bocota cuando la baba se nos salía al momento de corear “No importa la distancia, ni el tiempo, ni la edad…”, fue la rola más llegadora de todo el concierto. Volteé a mis alrededores para mirar a los espectadores y cada uno de ellos cantaba con los ojitos cerrados -así como de borreguito a medio morir, diría mi abuelita- también haciendo ademanes que complementaban su emoción. De ese momento en adelante, la gente de las gradas comenzó a despertar, ya se notaba más prendida, muchos ya ni siquiera se sentaron y los gritos retumbaban más que al principio.

El tercer momento favorito de todo el público -sobre todo para las mujeres-, fue sin duda escuchar “Poli”, y es que todos recordamos a Poli como “una dulce perla blanca mexicana”; pero esa noche la mexicana se convirtió oriunda de Cuautitlán Izcalli, “una dulce perla blanca de Izcalli”. En ese momento todas nos volvimos locas y por todas me refiero a cada una de las que nos encontramos presentes en el lugar de los hechos; las risitas estúpidas de emoción se escucharon por todo el Estadio.

Love fue la pieza elegida para cerrar la noche húmeda y fría que Zoé nos hizo pasar. Cuando baje para para ver que tan borrachos habían terminado los asistentes, el pasto ya no era pasto, eran grandes charcos llenos de lodo. A la gente le valió madre, ellos movían los piececillos con el ritmo de su canto. “Love” se terminó más rápido que el sabor de un bubbaloo de mora azul y Zoé se despidió, la gente gritó “otra, otra, otra” pero al ver su intento fallido, comenzaron a emprender la huida. La salida fue difícil -en ese momento me di cuenta que la mayoría del público fueron chicas- un pasillo para todas las personas fue absurdo, pero logramos salir todos y cada uno de nosotros sanos y salvos.

La energía y emoción que recibió Zoé de parte del pueblo Izcalliense no fue única, estoy segura, pero si muy diferente. Los recibimos con los brazos abiertos y afortunadamente recibimos una respuesta similar de ellos. Tal vez algunos se quedaron esperando un poco más -yo, por ejemplo, sigo esperando escuchar “Frío” o “Polar” (¡jaja!)-, otros más ni siquiera quedaron contentos con el resultado, pero la mayoría de la gente se fue contenta, muy contenta.

Fotos por: Gabriel Mendieta