Los nubarrones cargados con humedad nunca se fueron,  cubrieron el cielo de la capital con un tinte líquido. La amenaza de lluvia estuvo latente durante los tres días de conciertos del festival “Semana de las Juventudes”.

Desde el primer cuadro que da acceso a la Plaza de la República,  antes  conocida solo como Monumento a la Revolución, el entorno se manifestaba diferente. El “7 Eleven” se convirtió en el gran Bar que todo acontecimiento social requiere, una fila aguardaba a sus puertas, una fila que obstruyó el cruce de una avenida y entorpeció el funcionamiento de los semáforos. El festival “Semana de las Juventudes” organizado por el gobierno del  Distrito Federal y el Instituto de la Juventud tuvo como sede la plaza de la Republica, que por 3 días consecutivos albergo  el sincretismo de una gran ciudad.

Decidimos que el día viernes era el indicado para asistir al festival, ¿porqué ese día?, las encabronadas ganas de bailar al ritmo de “Sonido Gallo Negro” fueron la razón.

El monumento remozado como un gran falo público fue testigo de un evento que transcurrió entre baile y manos arriba, entre mascaras de luchador, olor a mota, olor a activo y un chingo de cotorreo.

El cartel del viernes 23 de agosto estuvo compuesto por la Orquesta Sinfónica, Forastero, los Elásticos, Sonido Gallo Negro y Lost Acapulco.

La tarde nublada y acuosa en la plaza de la república compartió el arribo de todas las subculturas que conviven en el espacio que les otorga el DF. Se podía recorrer con libertad las líneas imaginarias que conforman un concierto, serpenteaba entre punks, skaters, luchadores (lo supe por sus mascaras) metaleros, y un chingo de “cotorreadores” profesionales.

No se harán imágenes extrañas, imágenes extranjeras que vienen del extranjero.

“extracto de la canción Santa Bárbara. Sonido Gallo Negro.”

Forastero tocó, algunos corearon sus canciones, algunos solo fueron espectadores de los ritmos urbanos que entregaron. La concurrencia se mantuvo pasiva, la fila del “7 Eleven” no disminuyó, el set de Forastero duró menos de una hora y paso impávido para la mayoría de los presentes.

La noche cubrió a los asistentes, las latas de cervezas se ampararon en la oscuridad, Sonido Gallo Negro tomo el escenario, todos los integrantes enfundados en túnicas de monjes gregorianos. Dos acordes de  “Leticia” y la masa, hasta ese momento inerte, comenzó a mostrar sus cabezas, los olores se exponenciaron,  los bailes y contoneos dieron inicio.

El ambiente festivo se tradujo en cuerpos brincando, personas en fila tomadas por los hombros invitando a más gente a participar en una metafórica serpiente danzando caóticamente sin rumbo.

Sonido Gallo Negro ofreció su disco “Cumbia salvaje” de principio a fin , fue  vertiginoso su paso por el escenario, no hubo interrupciones ni descanso entre canción y canción. Los ritmos cadenciosos apoyados por visuales repetitivos y divertidos,  fueron hipnotizando los pies. Hace ya mucho tiempo que quería presenciar a “Sonido Gallo Negro” y comprobar la desmitificación que la cumbia ha tenido de un año a la fecha. Las canciones  hicieron llegar al jubilo a los presentes, disfrutaron bailar, disfrutaron tocarse las manos y el cuerpo al ritmo de la cumbia. Las canciones que rompieron las noche fueron: Bocanegra, Santa Bárbara y cumbia Espanta Muertos.

Las mascaras pronto salieron, las tablas de surf  invisibles surcaban el asfalto, Los Acapulco inicio su viaje tropical a través de las olas de gente, que ya no dejó  de bailar. Sus consagrados éxitos se colaron entre las piernas, imágenes de playa, poderosos riffs, bailes desaliñados fue lo que predomino en ese día del festival.

La noche había caído por toda la capital, el resplandor de la luminaria de leds había invadido la plaza, el “7 Eleven” dejó de tener la fila constante, las bebidas alcohólicas, para ese momento, se habían prohibido. Los Acapulco cerró como se merecía ese día… bailando.

Texto y Fotografía por Noé H. Canales